domingo, 15 de octubre de 2017

Fragmento de "Nino Cae"



Nino flota sumergido en el silencio.

El tiempo se suspende.

Los recuerdos se agolpan. Llegan desteñidos, neblinosos.

Poco a poco, desde la altura, el hombre recupera fragmentos. Vidrios rotos estallan engritos de soldado que hace señas a través de la ventanilla del tren. Boca que se abre desmesurada frente a ojos de niños que tratan de entender.
El tren se detiene varios quilómetros antes de llegar a la estación de Bolonia.
El niño viaja con el grupo de chicos ruidosos que regresa de la colonia de vacaciones con las monjas. Estuvieron en Senigallia, sobre el mar Adriático. Los llevaron para sacarlos de las ciudades grandes. Por la guerra.
 Nino, ahora es Ninetto y tiene cerca de nueve años.  Está en los alrededores de Bolonia con sus compañeros.
Las monjas asustadas no saben bien qué hacer. Ojos atribulados en el revuelo de hábitos y telas grises y blancas.  
El soldado que circula por afuera de los vagones sigue gritando y cuando la voz atraviesa las ventanillas, se escucha la orden: que bajen pronto, que corran a campo traviesa. De prisa, de prisa.
Los niños se esparcen, felices de abandonar los asientos duros del tren. A estirar las piernas. Recreo. Cientos de gorras y bolsos y piernas desnudas corriendo en diferentes direcciones, en libertad.
Severo salta encima de Ninetto que está inclinado para recoger unas piedras.
Piero, a unos metros, encontró algo que lo entretiene. Ahora llama a los demás para que vayan a ver. Piero sostiene entre los dedos un enorme escarabajo verde, brillante, que mueve las patas en el aire, desesperado.
-¡Busquemos más y juguemos una carrera! 
-¡Preparemos una pista en la tierra!
-No, tonto, que estos cosos vuelan. Se van a ir si los soltamos.
-Les saquemos las alas a los bichos.
-Pero no seas idiota, infeliz, que después se mueren y chau carrera, que no andan así.
-A ver, prestame.
-No. No te lo voy a dar porque sos un imbécil, tarado… -y Piero brinca sobre Carlos con el puño cerrado y hay piñas seguro; pero Severo señala la distancia y todos se olvidan de la pelea y del bicho porque hay que ir a explorar más allá, aquellas ruinas; que seguro se trata de las ruinas de un pueblo muy muy antiguo. Los etruscos. Seguro que son de los etruscos esas ruinas, como aprendieron en la escuela, y van a encontrar ánforas y tumbas con gente que no termina de acostarse del todo en su tumba, parejas que se apoyan en el codo como si no hubiesen muerto.
Ninetto y sus amigos corren con las piernas flacas extendidas al máximo.
Todo está más lejos de lo que parece en el campo abierto y unos cien metros antes de llegar se arrojan al pasto con la lengua afuera muertos de sed y de cansancio.
Las monjas y el soldado hacen señas desde atrás para que regresen; pero quién quiere en este instante obedecer a las monjas. 
Se ve el muro de piedras, allá.  Los chicos siguen la carrera pocos metros más y se vuelven a tirar al suelo. Ruedan por el pasto, divertidos. Se tienden sobre la hierba verde. Detrás del muro, Nino ve un humo como si estuviera pasando un tren a vapor.  El bufido continúa.
-¡Miren, un tren detrás de las ruinas!
-¡Pero no! ¡qué tren, salames, no ven que no es un tren! Esas son bombas.
-Yo vi en mi pueblo una vez. 
-¿Acaso nunca vieron un bombardeo en secuencia?- dice uno de los más grandes, que tiene como doce.
-No. -Ninetto no había visto bombas antes. Es la primera vez. Es extraño verlas allí tan cerca. Un cuadro vivo, como en los actos de la escuela: chicos quietos, en silencio, que miran el vapor que se levanta detrás de la pared, las nubes de vapor que no son del tren, ese humo que dicen algunos niños que son bombas. Qué raro escuchar aquel bufido, el rugido de la corriente de calor

que sacude la tela del paracaídas 

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