La casa de Los Molinos: Elena Bossi
domingo, 15 de octubre de 2017
Fragmento de "Las damas del motín"
Fue una jornada fatigosa y agradecí ser joven y tener piernas resistentes. Pensé que habría preferido usar ropas más livianas como las de Tomeo, como las que usan los hombres, en vez de las polleras que se enredaban al atravesar las malezas cargadas de garrapatas, y me preguntaba quién habría dispuesto que las mujeres usáramos prendas tan incómodas; pensaba que quizás fuera una condición a la que nos habían acostumbrado para agobiar el paso y que nos sintiésemos así más a gusto en los interiores de las casas.
Anda no sé dónde, busca no sé qué

Recuerdo un verano en La Falda. Tendría unos siete años. Para dormir la siesta en paz, mamá me proveía de libros. Ese enero me compró dos con unas ilustraciones increíbles: "Cuentos de hadas de la India" y "Cuentos de Hadas Rusos". Hice correr las páginas entre los dedos hasta que encontré un título inquietante: "Anda no sé dónde, busca no sé qué". Era el desafío que debía cumplir un príncipe, ya no recuerdo si para salvar a alguna princesa o para salvarse a sí mismo.
Cuando fui un poco más grande escuché aquello del cuchillo sin hoja al que le faltaba el mango y asocié de inmediato con la aventura maravillosa.
Después, supe de la definición del amor de Lacan: no leí el original así que ignoro si la traducción es correcta, pero es algo así como "Dar lo que no se tiene a quien no es". (Estoy segura de que muchas personas aquí podrán corregir y explicar su sentido). Por desgracia, no sé nada de psicoanálisis, pero asocio las tres frases en la capacidad fantástica de nuestro lenguaje para imaginar, crear más allá de las limitadas posibilidades de nuestros pobres "sentidos".
Creo que toda la vida es un andar no sé dónde, buscando no sé qué, y que en ese andar creamos objetos imposibles como ese cuchillo y el amor.
Fragmento de "Nino Cae"
Nino flota sumergido en el silencio.
El tiempo se suspende.
Los recuerdos se agolpan. Llegan desteñidos, neblinosos.
Poco a poco, desde la altura, el hombre recupera fragmentos. Vidrios rotos estallan engritos de soldado que hace señas a través de la ventanilla del tren. Boca que se abre desmesurada frente a ojos de niños que tratan de entender.
El tren se detiene varios quilómetros antes de llegar a la estación de Bolonia.
El niño viaja con el grupo de chicos ruidosos que regresa de la colonia de vacaciones con las monjas. Estuvieron en Senigallia, sobre el mar Adriático. Los llevaron para sacarlos de las ciudades grandes. Por la guerra.
Nino, ahora es Ninetto y tiene cerca de nueve años. Está en los alrededores de Bolonia con sus compañeros.
Las monjas asustadas no saben bien qué hacer. Ojos atribulados en el revuelo de hábitos y telas grises y blancas.
El soldado que circula por afuera de los vagones sigue gritando y cuando la voz atraviesa las ventanillas, se escucha la orden: que bajen pronto, que corran a campo traviesa. De prisa, de prisa.
Los niños se esparcen, felices de abandonar los asientos duros del tren. A estirar las piernas. Recreo. Cientos de gorras y bolsos y piernas desnudas corriendo en diferentes direcciones, en libertad.
Severo salta encima de Ninetto que está inclinado para recoger unas piedras.
Piero, a unos metros, encontró algo que lo entretiene. Ahora llama a los demás para que vayan a ver. Piero sostiene entre los dedos un enorme escarabajo verde, brillante, que mueve las patas en el aire, desesperado.
-¡Busquemos más y juguemos una carrera!
-¡Preparemos una pista en la tierra!
-No, tonto, que estos cosos vuelan. Se van a ir si los soltamos.
-Les saquemos las alas a los bichos.
-Pero no seas idiota, infeliz, que después se mueren y chau carrera, que no andan así.
-A ver, prestame.
-No. No te lo voy a dar porque sos un imbécil, tarado… -y Piero brinca sobre Carlos con el puño cerrado y hay piñas seguro; pero Severo señala la distancia y todos se olvidan de la pelea y del bicho porque hay que ir a explorar más allá, aquellas ruinas; que seguro se trata de las ruinas de un pueblo muy muy antiguo. Los etruscos. Seguro que son de los etruscos esas ruinas, como aprendieron en la escuela, y van a encontrar ánforas y tumbas con gente que no termina de acostarse del todo en su tumba, parejas que se apoyan en el codo como si no hubiesen muerto.
Ninetto y sus amigos corren con las piernas flacas extendidas al máximo.
Todo está más lejos de lo que parece en el campo abierto y unos cien metros antes de llegar se arrojan al pasto con la lengua afuera muertos de sed y de cansancio.
Las monjas y el soldado hacen señas desde atrás para que regresen; pero quién quiere en este instante obedecer a las monjas.
Se ve el muro de piedras, allá. Los chicos siguen la carrera pocos metros más y se vuelven a tirar al suelo. Ruedan por el pasto, divertidos. Se tienden sobre la hierba verde. Detrás del muro, Nino ve un humo como si estuviera pasando un tren a vapor. El bufido continúa.
-¡Miren, un tren detrás de las ruinas!
-¡Pero no! ¡qué tren, salames, no ven que no es un tren! Esas son bombas.
-Yo vi en mi pueblo una vez.
-¿Acaso nunca vieron un bombardeo en secuencia?- dice uno de los más grandes, que tiene como doce.
-No. -Ninetto no había visto bombas antes. Es la primera vez. Es extraño verlas allí tan cerca. Un cuadro vivo, como en los actos de la escuela: chicos quietos, en silencio, que miran el vapor que se levanta detrás de la pared, las nubes de vapor que no son del tren, ese humo que dicen algunos niños que son bombas. Qué raro escuchar aquel bufido, el rugido de la corriente de calor
que sacude la tela del paracaídas
"Ille mi par esse deo videtur" o cómo me despojaron de mi divinidad:
Estaba feliz y pensé: "Me siento una diosa".
Al momento me di cuenta de que si un varón decía "Me siento un dios" no habría habido duda alguna de que se refería a la divinidad. Algo equivalente a decir sublime, feliz, completo. Pero si lo digo yo, en femenino, tengo que aclarar que no estoy hablando del aspecto físico y no estoy segura, tampoco, de que explicar más, quizás algo como: "Me siento una diosa del Olimpo" termine de aclarar que no se trata de belleza física. Tampoco serviría decir "divina".
El lenguaje nos arrebató la divinidad, la posibilidad de sentirnos diosas en tanto únicas, maravillosas, felices, plenas. Expresar una percepción de lo sublime se complica en femenino.
El lenguaje fue bastardeado y nos dejó un simulacro de divinidad, una miserable belleza exterior.
Me gustaría recuperar la palabra para mí, para todas y poder decirles que cuando sale el sol y se filtra por la ventana y el día es pura posibilidad, me siento feliz, me siento una diosa y que todos entiendan que me refiero a una experiencia de armonía interior.
Contratapa de la novela "Otro lugar"
"Novela singular, en la que se cuenta, mejor, se enhebra, una historia de familia. No son los hechos, sin embargo, los que confieren a este texto su cualidad de especie única. Es el punto de vista de quien los percibe: una niña, escondida debajo de la mesa. Hasta ese espacio -privilegiado- de atención y de reflexión, atemperadas por la luz ambigua que se filtra a través del mantel, llegan las voces de los adultos. Hablan de otro tiempo, de otro lugar. Sus palabras tienen que ver con la violencia, con la guerra, con el amor y con la locura, pero las palabras del texto -y los silencios, los espacios , las omisiones del texto, tan cargados de sentido como las palabras- se acompasan con la perplejidad de la que escucha, captan una respiración entrecortada cuyo origen son los deseos y los miedos de la que escucha. El resultado es una historia enrarecida -maravillada- por el relato. Una novela que cautiva desde las primeras líneas."
Liliana Heker
http://grupoeditorialsur.com.ar/producto/otro-lugar/
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